Dentro de la representación en la Plaza de Verges, hay un momento que brilla con una luz distinta. Mientras el resto de la obra nos sumerge en la conspiración y la oscuridad de la Pasión, la escena de El Ramo es un estallido de colores, alegría y música. Este cuadro representa la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén y destaca por ser el momento más vital y participativo de toda la noche.
Una Plaza llena de luz y color
Cuando comienza la escena, la iluminación de la Plaza Mayor cambia radicalmente. Dejamos atrás la penumbra para dar paso a una luz cálida y brillante que inunda el escenario y las murallas medievales. La escenografía se llena de vida con el pueblo de Jerusalén, donde los vestuarios ricos en colores contrastan con la piedra gris del fondo, creando una imagen de esperanza antes de la tragedia.
Una tradición de generación en generación
El corazón de El Ramo en Verges es su carácter transversal. Es la escena donde la tradición se vive literalmente en familia. Alrededor de Jesús y los apóstoles, se reúne una multitud de todas las edades: desde bebés en brazos de sus padres hasta abuelos que han participado en la Procesión durante décadas.
Todos inundan el escenario agitando enérgicamente ramas de olivo, laurel y palmas. El momento culminante es el canto del Hosanna, un cántico polifónico que todo el pueblo entona al unísono para recibir al Mesías:
«¡Hosanna, Hijo de David! ¡Hosanna, nuestro ungido!
La humildad sobre el pollino
Siguiendo fielmente el guion, Jesús entra en la plaza montado sobre un pollino (asno) real, simbolizando la humildad del «hijo de David». Es uno de los detalles más queridos por el público, ya que el animal, guiado entre la multitud, aporta un realismo y una ternura especiales a la figura de Jesús.
Como cierre emotivo, una vez terminada la canción, es tradición ver a Jesús abandonando la escena con un niño en brazos, una imagen que refuerza el carácter familiar y de futuro de esta celebración en Verges.
El desenlace: De la euforia a la intimidad
Una vez que Jesús baja del pollino y la alegría de la multitud se apaga, la luz de la Plaza comienza a cambiar. La sombra gana terreno y el estruendo del Hosanna da paso a un silencio expectante. La celebración ha terminado y comienza el camino hacia el sacrificio.
Esta transición nos lleva a una escena mucho más íntima, donde Jesús, ya a solas y cansado por el viaje, buscará reposo en un lugar clave: La Samaritana y el diálogo en el Pozo de Jacob.


