La Calle de los Caracoles es el nombre popular del carrer de l’Orient, uno de los espacios más singulares del recorrido de la Procesión de Verges. Las pequeñas lámparas hechas con conchas de caracol, fijadas a los muros y alimentadas con aceite, transforman la luz de la calle durante la noche del Jueves Santo.
Una tradición preparada por los vecinos
Serrà describe la preparación familiar que observó en 1996: unos vecinos elaboraban la pasta de ceniza y agua, otros fijaban las conchas con la mecha y llenaban las lámparas de aceite. El reparto del trabajo convertía la decoración en una tarea compartida, mucho antes del paso nocturno del cortejo.
El libro recuerda una antigua comida colectiva de caracoles y la distingue de las prácticas familiares de la etapa observada. Recoge también adaptaciones de la pasta y el uso de distintos aceites. Los materiales y su preparación se habían ajustado a las posibilidades de cada casa, conservando la forma de las pequeñas lámparas.
La luz del cortejo
Su luz temblorosa acompaña al cortejo y crea sombras sobre la piedra. El efecto visual depende tanto de las pequeñas luces como de la preparación vecinal.
Un origen que exige prudencia
La continuidad de la costumbre no permite fijar su origen exacto. Las explicaciones sobre una ofrenda o la protección del viento pueden ayudar a interpretarla, pero no prueban su fundación. Serrà destaca, sobre todo, la persistencia de la luz de las conchas en el carrer de l’Orient.
Contemplarla y conservarla
La preparación de este espacio forma parte de la fiesta y merece respeto: las conchas de los muros no son recuerdos para llevarse. Para planificar el recorrido, seguid la información de cada edición, sin tomar los antiguos horarios de llenado o encendido como un programa vigente.



Fuentes y contexto
Màriam Serrà, Verges i la processó que no es veu (1998), pp. 86–87; 103; descripción de la Procesión observada en 1996.