Tras el fragor y la rabia vividos en la Segunda Caída en la Plaça 11 de Setembre, la Tercera Caída nos transporta a un estado de ánimo completamente distinto. Es el momento del último desfallecimiento físico, pero también de la aceptación mística. Para muchos vergelitenses, esta es una de las escenas más conmovedoras y profundas de todo el recorrido.
El abrazo a la Cruz: un gesto de voluntad
Al llegar a la Tercera Caída, el agotamiento de Jesús es absoluto. El peso de la madera y el calvario acumulado le hacen caer por última vez. Pero en Verges, esta caída no se representa como una derrota. El actor que encarna a Jesús se aferra a la cruz, no como un castigo, sino como el único apoyo que le queda.
Es un momento de fuerte contraste visual: mientras los Jueus observan con impaciencia y les manages mantienen el ritmo solemne, el centro de la escena se convierte en un espacio de recogimiento íntimo.
El parlamento: “¡Oh, cruz, dulce esposa!”
Lo que hace que esta caída sea recordada por todos es el texto que Jesús dirige a la cruz. En medio del silencio de la calle, se oyen los versos que definen el sentido del sacrificio en la Procesión de Verges:
“¡Oh, cruz, dulce esposa! Vengo a abrazarte. Desde la eternidad que venía a buscarte.”
Esta personificación de la cruz como “esposa” transforma el sufrimiento en un acto de amor y destino. Los actores que han dado vida a este papel durante años, como Ignasi, saben que estos versos deben decirse con una mezcla de fragilidad extrema y firmeza espiritual.
El papel de los Jueus y el Cireneo en la recta final
Aunque la hostilidad no desaparece, en la Tercera Caída los Jueus comienzan a ver cerca el final del camino. La ayuda del Cireneo se mantiene, pero el foco se desplaza totalmente hacia la figura solitaria de Jesús. Los vergelitenses y visitantes saben que este es el último momento en que lo verán de pie antes de que la tragedia se encamine hacia su desenlace en la plaza para la Crucifixión.
Un silencio que inunda las calles de Verges
A diferencia de la “sardana de saltos” de la segunda caída, aquí el silencio se vuelve denso. El respeto de quienes observan la Procesión desde los balcones o a pie de calle es total. Este último aliento de Jesús sirve para preparar el alma del espectador para lo que vendrá a continuación: el final del camino y el grito de la victoria de la Muerte.
