Llegamos al punto culminante de la representación en la Plaza. Tras ser capturado en el Huerto y juzgado por el Sanedrín, Jesús es llevado ante el poder de Roma: Poncio Pilato. Esta escena de la Sentencia de Poncio Pilato en Verges es la definitiva; aquí se decide el destino del prisionero en medio de la magnificencia romana, con los Manages custodiando el escenario mientras la multitud, instigada por los rabinos, reclama venganza.
El dilema del Gobernador y la presión del Sanedrín
Pilato representa la duda ante un juicio que considera injusto. Al interrogar a Jesús, el pretor no encuentra ningún delito que merezca la muerte e intenta liberarlo hasta en tres ocasiones, proponiendo incluso el canje por Barrabás.
Sin embargo, la disputa con Caifás y el Sanedrín sube de tono hasta la amenaza política: los sacerdotes advierten a Pilato de que, si no lo condena, informarán directamente al emperador Tiberio. Ante el temor de una revuelta y de perder su favor en Roma, Pilato cede a la voluntad del pueblo.
La flagelación y el “Ecce Homo”
Uno de los momentos más crudos de la Sentencia de Poncio Pilato en Verges es la flagelación en la prisión del Pretorio. Los sayones, con burlas y escarnios, coronan a Jesús con espinas y lo visten con púrpura real antes de volver a presentarlo ante la gente. Es entonces cuando Pilato pronuncia las palabras icónicas:
“Ecce Homo! ¡He aquí al hombre llagado, malherido y maltratado!”
El ritual de lavarse las manos y la Sentencia
Viendo que su resistencia es en vano, Pilato pide agua a su escudero para realizar el gesto que ha pasado a la historia: lavarse las manos públicamente. Con este ritual, se declara inocente de la sangre de Jesús, dejando la responsabilidad sobre el pueblo judío.
Inmediatamente después, se lee la sentencia oficial que condena a Jesús a morir en el Calvario entre dos ladrones. El acto finaliza con Jesús abrazando la cruz como “amada esposa” y el inicio de la Procesión por las calles de la villa.



