Mientras el eco de los pasos de la comitiva se apaga en las calles y la Piedad permanece en el recogimiento de La Placeta, se produce el acto más místico y desconocido de la noche: la Rendición de la Muerte. Este es el momento donde la tradición popular y la liturgia se funden en el interior de la iglesia parroquial de Verges.
La entrada solitaria de los esqueletos
Una vez finalizada la adoración a la Piedad, el grupo de la Dansa de la Mort encara el último tramo de su camino. Son los únicos que cruzan el umbral de la iglesia. Como apunta Jordi Roca i Rovira en su estudio, este es el “tesoro único” que cierra la representación, un momento de transición de la calle a lo Sagrado.
El acto de sumisión ante el Santísimo
En el interior, en una atmósfera de penumbra y respeto absoluto, la Muerte realiza su última acción. Aquella figura que durante horas ha recordado con la guadaña que “a nadie perdona”, se detiene ante el Monumento. En un gesto de rendición absoluta, la Muerte se inclina ante el Santísimo.
Es una escena de gran intensidad donde el reloj y la guadaña pierden su arrogancia para convertirse en símbolos de sumisión ante la divinidad. Para los vergelitenses, este acto es el que realmente da sentido a todo el sufrimiento exhibido durante la noche.

Un final sin aplausos
Con este gesto, el ciclo de la Procesión se da por finalizado. Los miembros de la Dansa se retiran en el silencio más absoluto. La Procesión de Verges no acaba con un gran espectáculo, sino con esta paz profunda que reina en la iglesia una vez la Muerte se ha rendido. Es el cierre perfecto para una tradición que, desde el año 2001, intento documentar con todo el rigor en mi web.
