El Reloj

El último esqueleto de la danza en referencia al eje que forma el maestro de baile y la bandera, es el reloj.

Su posición es paralela a la bandera, cosa que permite que tome las referencias del esqueleto central de la danza. Avanza lateralmente, como hacen también el resto de esqueletos, salvo el que lleva la guadaña que oscila sobre su propio eje, con un movimiento rotatorio de media vuelta. Igual que la bandera, el cambio de sentido del movimiento rotatorio a cada paso de la danza le permite avanzar en la dirección correcta.

Es el esqueleto que va detrás, y como no tiene ninguna función especial de la danza, se ha de limitar a mantener sus propias medidas de espacio y velocidad. La falta de responsabilidad en la danza, permite que el esqueleto pueda ser un niño, pero ha de tener unas condiciones de resistencia parecidas a las de los adultos.

Este papel lo suelen representar niños que tienen nueve o diez años, según su estructura física.

En la primera posición, el esqueleto marca arbitrariamente cualquier hora en la esfera con el dedo. El uso imprevisible que la muerte hace del tiempo, comunica la imprevisibilidad de la hora en que llegará la Muerte a cualquiera de los humanos que contemplan el símbolo. Así pues, lo imprevisto es uno de los mensajes, que por otra parte, es muy frecuente en las danzas de la Muerte literarias. El hecho de precisar una hora concreta, podría también comunicar al espectador la inminencia de la muerte. Así el mensaje combinado diría: la hora de la Muerte es imprevisible, pero próxima.

En el otro paso de la danza el reloj aparece sin marcar, sin agujas y sin ninguna indicación. El hecho de no poder precisar el tiempo, es una forma de imprevisión que complementa la arbitrariedad ya mencionada, como si la Muerte quisiera guardarse para ella el secreto de la hora en que llegará.

Esta simbología, como vemos, es mucho más impactante que la consideración sobre la fugacidad del tiempo, y a la vez mucho más irreflexiva.